viernes, 28 de julio de 2017

Nombres


Resulta que lo que me pasa tiene nombre.

Resulta que mi cuerpo me mantiene secuestrada.


Quiero vivir sin pedir disculpas (Unapologetic)

Sin tiranía (Free)

Sin culpa (Blameless, Unblaming)

Sin sentirme inadecuada (pues eso, Inadequate)


(La lengua inglesa, sin parangón en precisión ♥)



Vamos a por ello

lunes, 17 de julio de 2017

Ciclos

"Quise preguntarte por qué cada pocos minutos le enviabas un mensaje de texto a tu chico como prueba de que todo estaba bien, de que estabas sana y salva"

No lo sé. Aún hoy me lo pregunto. Pero también aún hoy, y nunca he dejado de hacerlo, me he sorprendido a mí misma preguntándome por que hacía esto o aquello. No pasa todo el rato, pero sí a veces.

A esa persona a la que escribía mensajes de texto cada pocos minutos dejé de quererle un día, de la noche a la mañana. Casi puedo identificar el momento exacto. No es culpa de nadie. No fue su culpa. Desde luego, no fue la mía. Después de la ruptura de mi amor en mil pedazos, le regalé cinco años de mi vida. No le quería, y aún así le escribía cada pocos minutos. De locos, huh?

Lo que yo antes llamaba la sociedad, pero que cada vez más identifico con el patriarcado, me ha hecho sentirme tan culpable por decidir marcharme de sitios donde no quería estar, de alejarme de gente con la que no quería estar, que sus ramificaciones se extienden también en el Tiempo y en el Espacio.

Renunciar a la calma, a no sentir culpa, a vivir en el miedo es también amar. Amar de verdad es algo a lo que casi nadie se atreve.

No hay nadie perfecto (aunque hay gente que se cree que lo es).
No hay nadie perfecto, aunque hay gente que aspira a ello.
No hay nadie perfecto, y yo nunca he pretendido serlo.
No hay nadie perfecto, todas y todos en el fondo sabemos eso y sin embargo, queremos que los demás lo sean.

La realidad es que vivimos a ciclos. Aprender a surfearlos, esa es la meta.

O, mejor dicho, esa es mi meta.




martes, 27 de junio de 2017

Rendición

El mundo está en guerra. Ataques terribles tienen lugar en casi cualquier parte. A la tierra le duelen los costados. Profundas heridas se abren, lo hacemos los hombres y las mujeres y lo hacen los desastres naturales. Hay quien dice que siempre ha sido así, que ahora simplemente tenemos acceso a toda esa información.

Mi mente está en guerra. Cíclicamente, mi cerebro saca al campo de batalla mis pensamientos más dañinos, que salen enfurecidos, abriendo sus bocas en gritos de ira o mostrando sus dientes apretados, que no dudan en clavarme en cuanto me alcanzan, junto con todo tipo de armamento que puedan encontrar, me clavan sus espadas y sus lanzas, arrojan sobre mí enjambres de flechas puntiagudas, y me disparan balas al estómago que, como el buitre de Prometeo, no me matan pero me destrozan.

Cuando acaba la batalla, mi mente, de repente, se convierte en mi aliada, me tiende la mano, y me levanto, ensangrentada. Mi mente me lleva a un lugar seguro, me cura las heridas, con los remedios que pueda encontrar. Igual que antes ha rebuscado en lo más profundo, hasta encontrar el último gran pensamiento dañino que conserva en la memoria, ahora busca en los recursos que antes funcionaban para curarme, y, si esos no funcionan, se pone manos a la obra, busca en internet, el nuevo gran gurú del mundo, para encontrar nuevos métodos de meditación, de sanación, de ejercicio, de liberación.

Cuando va acabando el ciclo de la cura, viene la euforia: el mundo está puesto para mí y para mi mente como un gran decorado. Soy la protagonista, todo me acaba saliendo bien. La vida es un regalo que tengo que agradecer cada día. Soy esa mujer de la que hablaba el otro día: me siento valiente, bella, buena, en paz.

Hasta que, de repente, miro al otro lado de la colina y veo una columna de humo. Es el ejército de Pensamientos Dañinos. Está preparado para la batalla. Atacarán en cualquier momento.

Estoy empezando a buscar la manera de firmar una rendición. Tal vez solo sea otro recurso de mi mente en su fase postbatalla. Cada fase la vivo y me la creo como si fuera real. Esto parece real. Rendirme, sacar la bandera blanca, dejarme capturar, dejarme morir, algo que acabe con este ciclo de torturas. Algo que acabe con esta guerra.




sábado, 24 de junio de 2017

Mujeres

Hay mujeres que existen sobre este planeta de locos que parecen de mentira: Guapas, listas, delgadas, valientes.
A veces, me he sentido cerca de esas mujeres, pero la realidad es que si echo la vista atrás y pienso en mi vida, he tenido períodos que se pueden considerar casi una vida entera de soledad, incomprensión, cobardía, estupidez y celulitis.

No me gusta hablar  mucho de los cinco años en los que más sola me he sentido, y no me gusta porque considero que es injusto para otras personas que quisieron hacerme compañía y no lo consiguieron. Pero la realidad es que después de esos años, aunque tras liberarme de ellos hubo un período de seguridad, inteligencia, delgadez y valentía, he vivido con miedo a volver a eso.

Y es que la vida te alcanza aunque le tomes carrerilla, y los gurús New Age del positivismo son gilipollas si piensan que es posible vivir sin inyectarte, de vez en cuando, dosis mortales de pasado, aunque duelan, aunque te puedan matar de dolor.

Lo cuenta una de esas mujeres valientes, bellas e inteligentes, a quien, por más que pasen los años y nos aleje la distancia, sigo sintiéndome conectada. Quien, por más que pasen los años y permanezca la distancia, a veces escribe como si fuera yo misma, y me arranca lágrimas que significan muchas cosas. Lo cuenta Miss H, aquí.

 Hay mujeres que caminan por la vida sin necesidad de justificarse, es más fácil si no eres madre (también habla de eso Miss H.), hay mujeres que toman sus decisiones y no sienten que dependan de las decisiones de otros, hay mujeres que no tienen miedo, hay mujeres que no sienten culpa, hay mujeres que no se inyectan dosis mortales de pasado, de pasado lejano y de pasado reciente, para hacerse daño a sí mismas, hay mujeres que no sienten que le hayan destrozado la vida a nadie porque en la vida las cosas malas también pasan, y nos pasan a todos, y no tiene que ver con nada. O sí. Hay mujeres que piensan que las cosas malas pasan según y cómo te lo tomes y todo les resbala. Hay mujeres que saben que solo tienen una vida y renuncian al dolor como si renunciaran a comerse un plato de acelgas.

Durante muchísimo tiempo no fui una de esas mujeres. Pero, un día, las cosas se precipitaron, y sucedió. Un día me desperté en otro tiempo y en otra ciudad, y era bella, lista y valiente.

Hubo un tiempo en el que fui una de esas mujeres.

Tal vez hoy lo único que puedo hacer es dar las gracias por haberme sentido así.






domingo, 26 de febrero de 2017

Demasiado Imperfecta

En una ocasión, cuando era pequeña, mi madre, harta de pasease entre ropa hecha burruños, libros, cuadernos, la insoportable insolencia de la cama sin hacer, me reprendió mi tendencia al desorden por enésima vez.
“Nadie es perfecto”, le respondí, en un arranque de lucidez.
“Ya, pero es que tú eres demasiado imperfecta”, me dijo, enfadada ante mi respuesta.

Esas palabras, tal vez no he sido siempre consciente, pero me han acompañado toda mi vida.

Se convirtieron en una herida, después en un estado que me definía, también un gesto de protesta: “Hey, nunca haré lo que vosotros esperáis de mí, soy demasiado imperfecta”

Las mujeres perfectas me daban, como a Holden Caulfield la mayoría de la gente, bastante pena.

Me convertí en una mujer imperfecta, para dolor de mi madre y de mi familia, y de la gente que aspira a ser perfecta en general y te ven caminar a contracorriente: “No, espera, tú vas por el mal camino, tienes que ir por aquí, tienes que ser perfecta” “¿Por qué?” preguntaba yo, ellos me miraban, enfurecidos: “Porque es así como funcionan las cosas, porque la gente, la gente, no hace las cosas que haces tú”

Nunca me decían la verdad: “Porque YO no hago lo que haces tú. No me atrevo o no puedo o no quiero, y no quiero que lo hagas tú, no quiero saber que hay gente que hace las cosas que haces tú”

Ya ves, como si hubiera matado a alguien.

Como si no les importaran mis asuntos tres cojones. Sobre todo después de soltar lo que fuera que les diera la gana por la boca y luego entrar en su casa y olvidarse de que siquiera yo existía.

¿Queríais ayudarme? Haberme dado soluciones.

Dinero, espacio, tiempo, compañía (pero de la buena). Un poco de comprensión, joder, ¿o es que tú vas a ascender a los cielos en cuerpo y alma llegado el momento? No, ¿no?

Algunas veces, sin buscarlo, me he visto de repente, por caprichos del destino, en una aparente posición de perfección.

A veces, estupefacta, me he visto con el carné en la mano, he sido miembro de la Liga De Las Mujeres Perfectas.

Y es una cosa que nunca pretendí ser. Siempre he sido “Demasiado imperfecta”.

Podría escribir, no una entrada en el blog, sino un libro entero de cómo al llegar la maternidad a la vida de una mujer, la aspiración de los demás y la aspiración personal de perfección se convierten en una cuestión absoluta e imperativa. No hay alternativa. Si no eres la madre perfecta eres mala madre.

No me lo dice nadie. Me lo digo yo. Me lo dice mi madre en mi cabeza: “ERES DEMASIADO IMPERFECTA, LO ESTÁS HACIENDO MAL, TU HIJO TE LO DIRÁ CUANDO PUEDA HABLAR”

Pero yo, ya era demasiado imperfecta antes de ser madre, así que sólo me queda una alternativa: Querer, querer mucho, mucho a la gente que quiero, mucho a mi madre, que no fue, ni nunca la quise, perfecta, y mucho a mi hijo, y, si algo sale mal, encogerme de hombros, aunque eso no querrá decir que no duela, que no pinche, que no escueza.

Pero así soy yo, soy demasiado imperfecta.