domingo, 26 de febrero de 2017

Demasiado Imperfecta

En una ocasión, cuando era pequeña, mi madre, harta de pasease entre ropa hecha burruños, libros, cuadernos, la insoportable insolencia de la cama sin hacer, me reprendió mi tendencia al desorden por enésima vez.
Nadie es perfecto”, le respondí, en un arranque de lucidez.
Ya, pero es que tú eres demasiado imperfecta”, me dijo, enfadada ante mi respuesta.

Esas palabras, tal vez no he sido siempre consciente, pero me han acompañado toda mi vida.

Se convirtieron en una herida, después en un estado que me definía, también un gesto de protesta: “Hey, nunca haré lo que vosotros esperáis de mí, soy demasiado imperfecta”

Las mujeres perfectas me daban, como a Holden Caulfield la mayoría de la gente, bastante pena.

Me convertí en una mujer imperfecta, para dolor de mi madre y de mi familia, y de la gente que aspira a ser perfecta en general y te ven caminar a contracorriente: “No, espera, tú vas por el mal camino, tienes que ir por aquí, tienes que ser perfecta” “¿Por qué?” preguntaba yo, ellos me miraban, enfurecidos: “Porque es así como funcionan las cosas, porque la gente, la gente, no hace las cosas que haces tú”

Nunca me decían la verdad: “Porque YO no hago lo que haces tú. No me atrevo o no puedo o no quiero, y no quiero que lo hagas tú, no quiero saber que hay gente que hace las cosas que haces tú”

Ya ves, como si hubiera matado a alguien.

Como si no les importaran mis asuntos tres cojones. Sobre todo después de soltar lo que fuera que les diera la gana por la boca y luego entrar en su casa y olvidarse de que siquiera yo existía.

¿Queríais ayudarme? Haberme dado soluciones.

Dinero, espacio, tiempo, compañía (pero de la buena). Un poco de comprensión, joder, ¿o es que tú vas a ascender a los cielos en cuerpo y alma llegado el momento? No, ¿no?

Algunas veces, sin buscarlo, me he visto de repente, por caprichos del destino, en una aparente posición de perfección.

A veces, estupefacta, me he visto con el carné en la mano, he sido miembro de la Liga De Las Mujeres Perfectas.

Y es una cosa que nunca pretendí ser. Siempre he sido “Demasiado imperfecta”.

Podría escribir, no una entrada en el blog, sino un libro entero de cómo al llegar la maternidad a la vida de una mujer, la aspiración de los demás y la aspiración personal de perfección se convierten en una cuestión absoluta e imperativa. No hay alternativa. Si no eres la madre perfecta eres mala madre.

No me lo dice nadie. Me lo digo yo. Me lo dice mi madre en mi cabeza: “ERES DEMASIADO IMPERFECTA, LO ESTÁS HACIENDO MAL, TU HIJO TE LO DIRÁ CUANDO PUEDA HABLAR”

Pero yo, ya era demasiado imperfecta antes de ser madre, así que sólo me queda una alternativa: Querer, querer mucho, mucho a la gente que quiero, mucho a mi madre, que no fue, ni nunca la quise, perfecta, y mucho a mi hijo, y, si algo sale mal, encogerme de hombros, aunque eso no querrá decir que no duela, que no pinche, que no escueza.

Pero así soy yo, soy demasiado imperfecta.

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