En una ocasión, cuando
era pequeña, mi madre, harta de pasease entre ropa hecha burruños,
libros, cuadernos, la insoportable insolencia de la cama sin hacer,
me reprendió mi tendencia al desorden por enésima vez.
“Nadie es perfecto”,
le respondí, en un arranque de lucidez.
“Ya, pero es que tú
eres demasiado imperfecta”, me dijo, enfadada ante mi respuesta.
Esas palabras, tal vez no
he sido siempre consciente, pero me han acompañado toda mi vida.
Se convirtieron en una
herida, después en un estado que me definía, también un gesto de
protesta: “Hey, nunca haré lo que vosotros esperáis de mí, soy
demasiado imperfecta”
Las mujeres perfectas me
daban, como a Holden Caulfield la mayoría de la gente, bastante
pena.
Me convertí en una mujer
imperfecta, para dolor de mi madre y de mi familia, y de la gente que
aspira a ser perfecta en general y te ven caminar a contracorriente:
“No, espera, tú vas por el mal camino, tienes que ir por aquí,
tienes que ser perfecta” “¿Por qué?” preguntaba yo, ellos me
miraban, enfurecidos: “Porque es así como funcionan las cosas,
porque la gente, la gente, no
hace las cosas que haces tú”
Nunca
me decían la verdad: “Porque YO no hago lo que haces tú. No me
atrevo o no puedo o no quiero, y no quiero que lo hagas tú, no
quiero saber que hay gente que hace las cosas que haces tú”
Ya
ves, como si hubiera matado a alguien.
Como
si no les importaran mis asuntos tres cojones. Sobre todo después de
soltar lo que fuera que les diera la gana por la boca y luego entrar
en su casa y olvidarse de que siquiera yo existía.
¿Queríais
ayudarme? Haberme dado soluciones.
Dinero,
espacio, tiempo, compañía (pero de la buena). Un poco de
comprensión, joder, ¿o es que tú vas a ascender a los cielos en
cuerpo y alma llegado el momento? No, ¿no?
Algunas veces, sin
buscarlo, me he visto de repente, por caprichos del destino, en una
aparente posición de perfección.
A veces, estupefacta, me
he visto con el carné en la mano, he sido miembro de la Liga De Las
Mujeres Perfectas.
Y es una cosa que nunca
pretendí ser. Siempre he sido “Demasiado imperfecta”.
Podría escribir, no una
entrada en el blog, sino un libro entero de cómo al llegar la
maternidad a la vida de una mujer, la aspiración de los demás y la
aspiración personal de perfección se convierten en una cuestión
absoluta e imperativa. No hay alternativa. Si no eres la madre
perfecta eres mala madre.
No me lo dice nadie. Me lo
digo yo. Me lo dice mi madre en mi cabeza: “ERES DEMASIADO IMPERFECTA, LO ESTÁS HACIENDO MAL, TU
HIJO TE LO DIRÁ CUANDO PUEDA HABLAR”
Pero yo, ya era demasiado
imperfecta antes de ser madre, así que sólo me queda una
alternativa: Querer, querer mucho, mucho a la gente que quiero, mucho
a mi madre, que no fue, ni nunca la quise, perfecta, y mucho a mi
hijo, y, si algo sale mal, encogerme de hombros, aunque eso no querrá
decir que no duela, que no pinche, que no escueza.
Pero así soy yo, soy
demasiado imperfecta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario