Escribo, sin cortapisas, aquí, donde nunca oculté nada, aunque durante medio año me han frenado las ganas de pedir disculpas.
Buceo, cuando me siento delante de René, que se para, por una vez, solamente para escucharme, en mis motivos para no escribir más, para ir desapareciendo adrede de las vidas de mucha gente, para desaparecer en la Red Social, y ya nunca contar cosas personales.
Y siento ganas de pedir disculpas.
Y René me dice:
"No eres más tonta porque no te entrenas"
Resulta difícil explicar cómo, en el último año, mi vida se ha dado la vuelta, como un puto calcetín. No me siento capaz de sentarme delante de gente que hace meses que no veo, a las que me ata una amistad que en realidad tuvo su momento en el espacio y en el tiempo, y contarles nada. Porque, para mí, eso sería como abrirme el pecho, sacarme el corazón aún bombeando, y ponerlo encima de la mesa, junto a ese café que evito tomarme. Y luego, volveríamos cada una a nuestras cosas, y pasarían otra vez meses o años... Y por eso, porque no merece la pena arrancarme el corazón sólo para satisfacer curiosidades, no lo hago.
Y, también, porque sé que es muy difícil de entender, porque para mí lo sería, y no quiero sentir que tengo que pedir disculpas por creer que puedo amar hacia atrás y hacia delante, en el Espacio y en el Tiempo, no de la misma manera pero sí con la misma intensidad con la que amo a mi hijo.
Lo he creído y he actuado en consecuencia. Si no, yo no sería quien soy. Quien siempre he sido.
A la gente que tengo cerca sí les conté (no había opciones). Tuve mucha suerte. Y, en el fondo, ya lo sabía, porque ya crucé a nado lo que entonces parecía un océano, y estaban en la otra orilla, con gatorade y los brazos extendidos.
Esto no era un océano, sino el puto primer planeta de Interestellar. Y aún así, fue mucho más fácil que la primera vez. Porque no nadarlo no parecía una opción.
Ha sido un año en el que han pasado muchas cosas. en el que la vida se me ha dado la vuelta como un calcetín, en el que he vivido momentos que no cambio por nada. En el que he sentido que tenía que pedir disculpas de rodillas, pero creí que si no hacía lo que hice, las hubiera tenido que pedir de todas formas, a mí misma y a otras personas diferentes, y, a lo mejor, en última instancia, a las mismas.
Ha sido un año de renuncias y pérdidas, pero también de ganancias y hallazgos, ha sido un año de Días Malos, pero también de Días Increíblemente Buenos...
Este año por fin vi El Desencanto, donde Michi Panero dice con sensatez y crudeza: "Para estar desencantado hay que haber estado antes encantado".
Mucho encanto ha habido este año en mi vida. Casi un encantamiento, como si hubiera sido un cuento.
El año pasado, muy frívolamente, aunque entonces no lo sabía, le pedí a 2015 una cosa.
Dice Xoel López:
Y lo intento cada día ser todo lo que había imaginado
Y me encuentro que la vida siempre tiene algo preparado
Que supera cualquiera de mis fantasías
Nada comparado con lo que realmente sucedía
Una vez más (desde Reconstrucción) él lo ha explicado mejor que yo.
No sé qué me depara el 2016. Pero sí sé que lo que he vivido en 2015 lo he vivido con una intensidad que creí que no existía. He amado hacia atrás y hacia adelante, en el Espacio y en el Tiempo. He dejado una casa y he construido, y no sola, otro Tejado y otra Casa con dos palabras.
A veces siento que tengo que pedir disculpas por ello.
Dos canciones, una para acabar un año, y otra para empezar otro.
https://www.youtube.com/watch?v=Rk_gJ954iSk
https://www.youtube.com/watch?v=PZXKVYYXRjs
Que tengáis un año que supere cualquiera de vuestras fantasías. Y disculpadme.
jueves, 31 de diciembre de 2015
sábado, 21 de marzo de 2015
El Espacio y el Tiempo
Hace muchos, muchos años, tantos, que ahora me parecen otra vida, una reencarnación anterior, tuve dieciséis años y veraneé en el mismo pueblo en el que veraneaba todos los años.
Pero aquel fue el verano de los cuba libres, de la discoteca al aire libre, de las bajadas al embalse a bañarnos, de las lecturas de cómics eróticos y de sus consecuencias, a escondidas, entre las sábanas de lino y las sofocantes almohadas de lana, de las lágrimas de San Lorenzo, de las noches en vela paseando por el pueblo, yendo al cementerio a ver los Fuegos Fatuos, de ir al campo de fútbol con bolsas llenas de pan, aceite, tomate, jamón y queso, y cervezas, con el grupo.
Cuando amas como una adolescente, como si te atravesara el pecho una espada de fuego, como si quisiera salir un grito por la vagina y por la boca que tienes que estar conteniendo todo el rato, como si no pudieras respirar bien, sabiendo que todo vale, que todo cuenta, que todos los caminos van a acabar conduciéndote al mismo sitio, que todo lo que se desvanece alrededor no es tan importante, aunque lo sea, como lo son unos labios que te hacen querer habitar siempre ese espacio, como lo son unas manos que cogen las tuyas, unos brazos que te rodean haciéndote sentir pequeña pero protegida, como lo es un cuerpo tumbado junto a ti, jugando y ensayando maneras de acercarse, y sabes que cada centímetro de esa piel siente lo mismo que la tuya, cuando eso pasa, el amor empieza a expandirse a tu alrededor, alcanza las otras personas, las otras cosas, el tiempo, presente, el futuro, claro, y también el pasado.
Todo es amable.
Aquel verano fue trágico y doloroso como lo son los veranos a los dieciséis años, pero, hoy, sé que amé cada minuto de aquel verano igual que amé a aquellos amores que surgieron en mitad de las cervezas, las estrellas fugaces y el pan con aceite y tomate.
Ayer, encontré una carta en el buzón. Supe al instante de abrirla de quién era.
Mi vampiro número uno, hoy sé que no vas a dejarme ir nunca, que voy a tener que seguir toda la vida toreándote. Pero también sé que eres capaz de hacer cosas que te redimen en un segundo. Cosas como dejarme un relato que nos leíamos en aquellas noches blancas y calurosas, que le robamos a la novia de uno de ellos, aunque el autor era otro, nunca fue suyo, y estuvimos años buscándolo, hasta que lo has encontrado, lo has impreso, lo has metido en un sobre y me lo has dejado en el buzón. Y hemos descubierto que hay cosas que no resisten el paso del tiempo, pero que hay cosas que sí que lo hacen. Que el relato era triste y devastador, como lo es la vida a veces a los dieciséis años, y a veces a los treinta y nueve, pero que era tan bueno como lo recordábamos, o más.
Qué pena, qué amor desperdiciado, también, el tuyo, qué afán por exprimir sin permiso cosas que puedes obtener de otra manera. Qué bueno amar así, así como para amar hacia atrás y hacia adelante en el espacio y en el tiempo.
Pero aquel fue el verano de los cuba libres, de la discoteca al aire libre, de las bajadas al embalse a bañarnos, de las lecturas de cómics eróticos y de sus consecuencias, a escondidas, entre las sábanas de lino y las sofocantes almohadas de lana, de las lágrimas de San Lorenzo, de las noches en vela paseando por el pueblo, yendo al cementerio a ver los Fuegos Fatuos, de ir al campo de fútbol con bolsas llenas de pan, aceite, tomate, jamón y queso, y cervezas, con el grupo.
Cuando amas como una adolescente, como si te atravesara el pecho una espada de fuego, como si quisiera salir un grito por la vagina y por la boca que tienes que estar conteniendo todo el rato, como si no pudieras respirar bien, sabiendo que todo vale, que todo cuenta, que todos los caminos van a acabar conduciéndote al mismo sitio, que todo lo que se desvanece alrededor no es tan importante, aunque lo sea, como lo son unos labios que te hacen querer habitar siempre ese espacio, como lo son unas manos que cogen las tuyas, unos brazos que te rodean haciéndote sentir pequeña pero protegida, como lo es un cuerpo tumbado junto a ti, jugando y ensayando maneras de acercarse, y sabes que cada centímetro de esa piel siente lo mismo que la tuya, cuando eso pasa, el amor empieza a expandirse a tu alrededor, alcanza las otras personas, las otras cosas, el tiempo, presente, el futuro, claro, y también el pasado.
Todo es amable.
Aquel verano fue trágico y doloroso como lo son los veranos a los dieciséis años, pero, hoy, sé que amé cada minuto de aquel verano igual que amé a aquellos amores que surgieron en mitad de las cervezas, las estrellas fugaces y el pan con aceite y tomate.
Ayer, encontré una carta en el buzón. Supe al instante de abrirla de quién era.
Mi vampiro número uno, hoy sé que no vas a dejarme ir nunca, que voy a tener que seguir toda la vida toreándote. Pero también sé que eres capaz de hacer cosas que te redimen en un segundo. Cosas como dejarme un relato que nos leíamos en aquellas noches blancas y calurosas, que le robamos a la novia de uno de ellos, aunque el autor era otro, nunca fue suyo, y estuvimos años buscándolo, hasta que lo has encontrado, lo has impreso, lo has metido en un sobre y me lo has dejado en el buzón. Y hemos descubierto que hay cosas que no resisten el paso del tiempo, pero que hay cosas que sí que lo hacen. Que el relato era triste y devastador, como lo es la vida a veces a los dieciséis años, y a veces a los treinta y nueve, pero que era tan bueno como lo recordábamos, o más.
Qué pena, qué amor desperdiciado, también, el tuyo, qué afán por exprimir sin permiso cosas que puedes obtener de otra manera. Qué bueno amar así, así como para amar hacia atrás y hacia adelante en el espacio y en el tiempo.
sábado, 14 de febrero de 2015
Fuerte
Me cuentas que eres una tía fuerte, que no vas a dejar que te toquen las narices.
Yo te animo. Eso es. Dale duro.
Que has conocido a mucha gentuza, que hace tiempo que aprendiste que eres responsable de tí misma, y que esa responsabilidad tiene que ser honrada, primero y, principalmente, por tí misma.
Claro que sí. Totalmente.
Que tuviste que hacerlo. Romper convenciones, destruir ataduras, destrozar corazones, repartir hostias, despreciar al débil, pisar al rezagado... eran ellos o tú.
Toma ya. Absolutely!
Y que, cuando aparecieron los soldados del Ejército de Salvación, te pusiste de su lado y aceptaste liderar sus filas porque ellos se convirtieron en tu familia, en tu patria, en tu gente, en tu descendencia.
Sin lugar a dudas.
Por eso. Por eso.
De nuevo, te envidio.
Yo te animo. Eso es. Dale duro.
Que has conocido a mucha gentuza, que hace tiempo que aprendiste que eres responsable de tí misma, y que esa responsabilidad tiene que ser honrada, primero y, principalmente, por tí misma.
Claro que sí. Totalmente.
Que tuviste que hacerlo. Romper convenciones, destruir ataduras, destrozar corazones, repartir hostias, despreciar al débil, pisar al rezagado... eran ellos o tú.
Toma ya. Absolutely!
Y que, cuando aparecieron los soldados del Ejército de Salvación, te pusiste de su lado y aceptaste liderar sus filas porque ellos se convirtieron en tu familia, en tu patria, en tu gente, en tu descendencia.
Sin lugar a dudas.
Por eso. Por eso.
De nuevo, te envidio.
miércoles, 11 de febrero de 2015
Ellos
Les observo desde lejos, como un doctor a punto de establecer un diagnóstico para su mal.
Lo conozco.
Son jóvenes (aún). Guapos. Los chavales, para los que casi todo se mide con la vara del aspecto físico, ya les han colocado hace tiempo en los primeros puestos de sus particulares listas.
Son inteligentes. Comparten algunos intereses culturales. No todos. Una no fue nunca buena con las fechas, y el otro puede que no esté tan interesado en la literatura posmoderna.
Pero, qué gratas las conversaciones sobre libros, películas, música...
Sin embargo, en realidad, a estas alturas esas cosas no son importantes para ellos. Para lo que les está pasando. En este punto, todo está bien, y están dispuestos a darle una vuelta de nuevo a la liga, a ese violinista tan famoso, a esa película que se habían perdido, o a Vonnegut si hace falta. No mucho. Sus vidas, las reales, las que les esperan al salir por la puerta, están demasiado llenas de compromisos, de familia, de excursiones, de visitas a casas de amigos, de escapadas para hacer algo de deporte más que para correrse una juerga...
Sé cosas. Las sé, porque ella me las cuenta. Porque si no me lo cuenta revienta. Pero aunque no me lo contara algo sabría. Porque he estado allí. Sé cómo se siente. Ya he visitado esas tierras.
Intuitivamente, ella, a la que conozco poco, me lo ha contado. Sabiendo de algún modo en su fuero interno que yo lo entendería. Y acertó.
Y le digo lo que siempre me decía otra vieja amiga en aquellos años convulsos: que eso es lo normal. Que lo raro es que estas dos personas, aún jóvenes, guapas, cultas, inteligentes, que se han visto en la tesitura de tener que pasar tiempo juntos por circunstancias, no sintieran nada, siquiera un calentón mañanero y masturbatorio, o incluso un poco más que eso, unas ganas de buscarse, de hablar, de escribirse correos aparentemente inocentes, o incluso algo más que eso, unas ganas de rozarse las manos cuando intercambian papeles, de mirarse a los ojos y a la boca cuando se hablan, de hacer desaparecer al resto de la gente cuando se encuentran por el pasillo...
Y le digo que no le puedo dar consejos, porque en aquellos años convulsos nadie me supo dar un consejo que me sirviera, y todo lo hice a hostias contra mi vida y mi integridad moral, mental y en ocasiones física, así que no soy la más indicada para opinar. Que no puedo aconsejarle absolutamente nada, ni en un sentido ni en otro. Que en este momento, al final uno hace lo que puede nada más (Como siempre, en realidad, lo que pasa es que otros actos van acompañados de una apariencia mayor de control)
Y que yo sé exactamente cómo se siente. El vértigo. El miedo. El vencer al miedo. Las mariposas. Esa capacidad que tiene el detalle más tonto de alegrarte el día... Las dudas. La Culpa.
Que me da un poquito de envidia. Que en el fondo es maravilloso. Que me hizo sentirme viva como a ella le pasa ahora y que aún lo recuerdo con gratitud.
A pesar del tsunami que vino después.
Este momento.
Luego, todo se desvanece o se precipita pero... este
este preciso momento.
Lo conozco.
Son jóvenes (aún). Guapos. Los chavales, para los que casi todo se mide con la vara del aspecto físico, ya les han colocado hace tiempo en los primeros puestos de sus particulares listas.
Son inteligentes. Comparten algunos intereses culturales. No todos. Una no fue nunca buena con las fechas, y el otro puede que no esté tan interesado en la literatura posmoderna.
Pero, qué gratas las conversaciones sobre libros, películas, música...
Sin embargo, en realidad, a estas alturas esas cosas no son importantes para ellos. Para lo que les está pasando. En este punto, todo está bien, y están dispuestos a darle una vuelta de nuevo a la liga, a ese violinista tan famoso, a esa película que se habían perdido, o a Vonnegut si hace falta. No mucho. Sus vidas, las reales, las que les esperan al salir por la puerta, están demasiado llenas de compromisos, de familia, de excursiones, de visitas a casas de amigos, de escapadas para hacer algo de deporte más que para correrse una juerga...
Sé cosas. Las sé, porque ella me las cuenta. Porque si no me lo cuenta revienta. Pero aunque no me lo contara algo sabría. Porque he estado allí. Sé cómo se siente. Ya he visitado esas tierras.
Intuitivamente, ella, a la que conozco poco, me lo ha contado. Sabiendo de algún modo en su fuero interno que yo lo entendería. Y acertó.
Y le digo lo que siempre me decía otra vieja amiga en aquellos años convulsos: que eso es lo normal. Que lo raro es que estas dos personas, aún jóvenes, guapas, cultas, inteligentes, que se han visto en la tesitura de tener que pasar tiempo juntos por circunstancias, no sintieran nada, siquiera un calentón mañanero y masturbatorio, o incluso un poco más que eso, unas ganas de buscarse, de hablar, de escribirse correos aparentemente inocentes, o incluso algo más que eso, unas ganas de rozarse las manos cuando intercambian papeles, de mirarse a los ojos y a la boca cuando se hablan, de hacer desaparecer al resto de la gente cuando se encuentran por el pasillo...
Y le digo que no le puedo dar consejos, porque en aquellos años convulsos nadie me supo dar un consejo que me sirviera, y todo lo hice a hostias contra mi vida y mi integridad moral, mental y en ocasiones física, así que no soy la más indicada para opinar. Que no puedo aconsejarle absolutamente nada, ni en un sentido ni en otro. Que en este momento, al final uno hace lo que puede nada más (Como siempre, en realidad, lo que pasa es que otros actos van acompañados de una apariencia mayor de control)
Y que yo sé exactamente cómo se siente. El vértigo. El miedo. El vencer al miedo. Las mariposas. Esa capacidad que tiene el detalle más tonto de alegrarte el día... Las dudas. La Culpa.
Que me da un poquito de envidia. Que en el fondo es maravilloso. Que me hizo sentirme viva como a ella le pasa ahora y que aún lo recuerdo con gratitud.
A pesar del tsunami que vino después.
Este momento.
Luego, todo se desvanece o se precipita pero... este
este preciso momento.
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