sábado, 21 de marzo de 2015

El Espacio y el Tiempo

Hace muchos, muchos años, tantos, que ahora me parecen otra vida, una reencarnación anterior, tuve dieciséis años y veraneé en el mismo pueblo en el que veraneaba todos los años.
Pero aquel fue el verano de los cuba libres, de la discoteca al aire libre, de las bajadas al embalse a bañarnos, de las lecturas de cómics eróticos y de sus consecuencias, a escondidas, entre las sábanas de lino y las sofocantes almohadas de lana, de las lágrimas de San Lorenzo, de las noches en vela paseando por el pueblo, yendo al cementerio a ver los Fuegos Fatuos, de ir al campo de fútbol con bolsas llenas de pan, aceite, tomate, jamón y queso, y cervezas, con el grupo.

Cuando amas como una adolescente, como si te atravesara el pecho una espada de fuego, como si quisiera salir un grito por la vagina y por la boca que tienes que estar conteniendo todo el rato, como si no pudieras respirar bien, sabiendo que todo vale, que todo cuenta, que todos los caminos van a acabar conduciéndote al mismo sitio, que todo lo que se desvanece alrededor no es tan importante, aunque lo sea, como lo son unos labios que te hacen querer habitar siempre ese espacio, como lo son unas manos que cogen las tuyas, unos brazos que te rodean haciéndote sentir pequeña pero protegida, como lo es un cuerpo tumbado junto a ti, jugando y ensayando maneras de acercarse, y sabes que cada centímetro de esa piel siente lo mismo que la tuya, cuando eso pasa, el amor empieza a expandirse a tu alrededor, alcanza las otras personas, las otras cosas, el tiempo, presente, el futuro, claro, y también el pasado.

Todo es amable.

Aquel verano fue trágico y doloroso como lo son los veranos a los dieciséis años, pero, hoy, sé que amé cada minuto de aquel verano igual que amé a aquellos amores que surgieron en mitad de las cervezas, las estrellas fugaces y el pan con aceite y tomate.

Ayer, encontré una carta en el buzón. Supe al instante de abrirla de quién era.

Mi vampiro número uno, hoy sé que no vas a dejarme ir nunca, que voy a tener que seguir toda la vida toreándote. Pero también sé que eres capaz de hacer cosas que te redimen en un segundo. Cosas como dejarme un relato que nos leíamos en aquellas noches blancas y calurosas, que le robamos a la novia de uno de ellos, aunque el autor era otro, nunca fue suyo, y estuvimos años buscándolo, hasta que lo has encontrado, lo has impreso, lo has metido en un sobre y me lo has dejado en el buzón. Y hemos descubierto que hay cosas que no resisten el paso del tiempo, pero que hay cosas que sí que lo hacen. Que el relato era triste y devastador, como lo es la vida a veces a los dieciséis años, y a veces a los treinta y nueve, pero que era tan bueno como lo recordábamos, o más.

Qué pena, qué amor desperdiciado, también, el tuyo, qué afán por exprimir sin permiso cosas que puedes obtener de otra manera. Qué bueno amar así, así como para amar hacia atrás y hacia adelante en el espacio y en el tiempo.


1 comentario:

Bego dijo...

El amor es eterno, pase lo q pase, siempre estará ese minuto, ese segundo, esa mirada... es para siempre. Amor de pasado y de futuro, de ida y vuelta.
Como me ha gustado tu post :) Me ha sabido a los 80-90, me ha sabido a los veranos de la adolescencia...