viernes, 17 de junio de 2011

Todo lo demás

Estaba verdaderamente decidida a contar, así, como yo cuento las cosas, cómo se me ha ido bifurcando el camino.
Haruki Murakami, en su libro "de qué hablo cuando hablo de correr" (obra absolutamente recomendable, especialmente para los corredores, aunque sea ocasionales como yo) dice que escribir es también un poco como el ejercicio físico:
"Raymond Chandler, - cuenta Murakami- excelente autor de novelas de intriga, decía (...): "Aunque no tenga nada que escribir, siempre me siento unas cuantas horas al día ante mi mesa, a solas, para concentrarme", y yo comprendo muy bien por qué lo hacía: de ese modo, Chandler fortalecía, con todo su empeño y en silencio, su entusiasmo y el tono muscular necesarios para poder ser novelista profesional. Ese tipo de entrenamiento diario le era imprescindible"

Yo era blogger profesional. Durante unas cuantas horas al día, me sentaba al ordenador, leía a todos mis contactos bloggeros, les comentaba, y después, inspirada, escribía largas diatribas bastante crípticas sobre mi vida y mis anhelos.
Era capaz de escribir muchísimo, y, cuando no lo hacía, estaba todo el rato analizando la realidad a través de mis ojos de blogger. Pensaba en frases ingeniosas, en cosas que poner aquí, que levantaran comentarios y comprensión. Me sentía mejor después. Se convirtió en una más de mis adicciones ocultas aquellos años.

En aquellos días ese acto era uno de los pocos que me permitía sin sentir un control de otras personas sobre mi vida. Todo lo demás estaba controlado por alguien. Esas personas jugaban con mi culpa como yo jugaba con la suya, y todo era un juego de la Oca siniestro en el que no tenía mucha libertad de movimientos. Había muchísimas cosas que no podía hacer, entre las que estaban las siguientes, por sorprendente que pueda parecer:
- No podía salir una noche con mis amigas
- No podía coger el coche (tenía el carnet desde hacía años, pero no era capaz de conducir. Cuando lo hacía, siempre, siempre, invariablemente me daba un golpe con alguien o algo). Hasta casi el final, y a pesar de que mi trabajo me obligaba a moverme por todo Madrid, no podía ir a trabajar en coche.
- No podía irme de vacaciones sola.
- No podía ir a un congreso de Doctorandos sola...

...Así que la frustración se reflejaba en las líneas que escribía con más o menos delirio. Es difícil hablar sin recurrir a la culpa. La culpa, sentimiento primo del miedo al que hace tiempo que vencí, sigue persiguiéndome por casi todo lo que pasó aquellos años, y lo que pasó después. Pero creo que me desengancharé de ella como lo he conseguido de otras cosas. Así que, sin apelar a la culpa, diré que el control que se ejercía sobre mí era en gran parte, tal vez en todo, responsabilidad mía, aunque tampoco me había enseñado nadie a hacer las cosas de otra manera, al revés, se me educó en vivir bajo control y en esa jerarquía yo era la última en una pirámide jerárquica de cuatro (por ser la hermanA pequeña, no tengo que explicar más). Tal vez precisamente por eso las cosas eran así. Podría seguir buscando el origen de aquel estallido de dolor hasta generaciones atrás en mi familia (y os aseguro que lo he hecho, y lo he encontrado).

Básicamente, lo que quiero decir es que ahora no tengo demasiado tiempo en sentarme a escribir fortuitamente y de manera críptica sobre una realidad en la que otros invariablemente tratan de controlar. Ni tengo el entrenamiento necesario. He perdido el tono.

Pero eso sí, ahora puedo hacer todo lo demás.