No sé exactamente qué es pero así no funcionan las cosas para mí.
Vosotros y yo no somos iguales. Aún así, no considero que seáis mejores. Así que no pretendáis aplicar unos criterios para evaluarme que luego no aplicáis en vosotros mismos.
Exigís cosas que no dáis, y sabéis que no quiero dar. No sé qué es, pero no me siento cómoda. No lo decís claramente, porque sabéis que en realidad no podéis, pero los silencios son a veces muy elocuentes.
Esto es lo que os puedo dar, es poco para vosotros, ya lo sé, pero es esto o nada. Porque yo no os pido nada. Hace mucho tiempo que dejé de esperar nada de vosotros, porque no me habéis dado nada digno de guardar preciadamente. Puede que yo a vosotros tampoco, pero bueno, como el 99% de la población, ¿no? Después de todo, yo no me he quejado, simplemente me he alejado.
A lo mejor es que soy egoísta, puede ser. ¿Y? Sinceramente, pienso exactamente lo mismo de vosotros. La diferencia es que yo no os pido que dejéis de serlo. Sólo os pido que dejéis de pedirme que deje de serlo. Además, si soy tan egoísta, ¿por qué os importa tanto mi compañía, mi tiempo, mi presencia?
Llevo mucho tiempo intentando entenderos, haciendo pequeños gestos que os valgan, pero la verdad es que nunca nada es suficiente.
Desestructuráis mi energía, me hacéis dudar, no entiendo vuestros motivos, pero hoy es la última vez que le doy más vueltas.
Esto es lo que hay. Os doy lo que puedo. No hay más.
Si os vale genial y si no, de verdad lo siento, la realidad es que en este momento de mi vida, necesito mi tiempo y mi energía conmigo al 100%. Tendréis vuestra mínima ración cuando yo quiera y pueda, y si no quiero y no puedo, pues no tendréis nada. Y punto.
Váis a tener que buscar a otra para vampirizar...
lunes, 30 de abril de 2012
sábado, 7 de abril de 2012
Del día Malo, del Hueco Blanco y de las medallas en los cajones
Creía que Todos los Días Malos del Mundo se habían acabado después de que acabó El Día, así, con mayúsculas.
Nunca lo verbalizé, claro, de hecho, lo estoy haciendo hoy,unos tres años después del momento en el que escuché la puerta abrirse un día y a una hora en la que se supone que nadie podía entrar por esa puerta con una llave si no era él, y se suponía que él estaba trabajando.
Y ahora, señoras y señores, me permitirán que abra un enorme y blanco hueco en el que NO contaré qué pasó ese Día Malo y Todos los Días Malos que lo siguieron, porque todavía hoy, duele mucho, y hoy no me puedo permitir más dolor.
Escuché la puerta abrirse y
Por eso pensaba que los malos días habían pasado. Nunca lo expresé así, no sabía que lo pensaba. Lo sentía, lo creía, era una certeza que se alojaba en mi corazón. Y ahora, cuando descubro que ni siquiera todavía soy capaz de escribir qué pasó ese día, me doy cuenta de que yo misma me había otorgado una Medalla que había guardado en un cajón y me había ido olvidando de ella. La Gran Medalla al Valor para Superar los Días Malos.
No es en absoluto lo mismo un Día Malo que un mal día.
La Medalla, como digo, en cuanto pude, la guardé en el cajón y me olvidé de ella, junto con ese día y el hueco en blanco. Y entonces empezaron a caer las hostias.
Porque cuando te encierras en tu casa y te metes debajo de la manta intentando evitar el Día Malo, puede que rellenes mil folios escribiendo lo genial que sería pasar ese Día, y el blanco hueco subsiguiente, recibir de una vez la puta medalla y salir dando saltitos por el prado verde sembrado de flores primaverales cantando do dorado sale el sol re reluce de esplendor, pero te olvidas de las estaciones, de que después de la primavera viene el verano pero después llega el invierno (de nuevo), de que todo tiene un precio, y de que a veces los intereses son más altos de lo que pensabas.
Así que después de aquello guardé la medalla sin saber que el precio que tenía que pagar por mi independencia fueron las hostias que vinieron después. A punto estuve de correr a encerrarme de nuevo en casa y meterme bajo la manta (teniendo en cuenta además que esta manta era más cómoda para mí y más calentita).
Pero el banco me sigue pidiendo intereses. O los pago o me encierro de nuevo. Al banco no le importa que yo sea una Heroína de Guerra.
Pero hay unas cuantas cosas que ahora sé y que hace dos años, cuando me creía la más lista y que lo sabía ya todo, no sabía:
- Que no lo sé todo.
- Que quedan muchos Días Malos (y que aunque de momento ninguno ha sido como Aquél, no hay que descartar que alguno lo sea).
- Que las medallas o se llevan puestas o no valen, no se pueden guardar en cajones.
- Que sí, que soy más valiente y que el precio que cuesta eso lo pagaré encantada.
- Que nada se ha acabado, que todo está por empezar.
- Que ni siquiera todavía soy capaz de escribir qué pasó ese día, pero que antes ni hubiera podido escribir acerca siquiera de que ese día existió, así que posiblemente, tal vez en otros tres años, lo pueda contar.
- Que yo tenía algo de razón: cuando se ha vivido (y superado) un día como Ése, todos los demás se pueden ir poniendo a la fila, a que les vaya repartiendo...
Con las armas de guerra y la medalla en la pechera, eso sí.
Nunca lo verbalizé, claro, de hecho, lo estoy haciendo hoy,unos tres años después del momento en el que escuché la puerta abrirse un día y a una hora en la que se supone que nadie podía entrar por esa puerta con una llave si no era él, y se suponía que él estaba trabajando.
Y ahora, señoras y señores, me permitirán que abra un enorme y blanco hueco en el que NO contaré qué pasó ese Día Malo y Todos los Días Malos que lo siguieron, porque todavía hoy, duele mucho, y hoy no me puedo permitir más dolor.
Escuché la puerta abrirse y
Por eso pensaba que los malos días habían pasado. Nunca lo expresé así, no sabía que lo pensaba. Lo sentía, lo creía, era una certeza que se alojaba en mi corazón. Y ahora, cuando descubro que ni siquiera todavía soy capaz de escribir qué pasó ese día, me doy cuenta de que yo misma me había otorgado una Medalla que había guardado en un cajón y me había ido olvidando de ella. La Gran Medalla al Valor para Superar los Días Malos.
No es en absoluto lo mismo un Día Malo que un mal día.
La Medalla, como digo, en cuanto pude, la guardé en el cajón y me olvidé de ella, junto con ese día y el hueco en blanco. Y entonces empezaron a caer las hostias.
Porque cuando te encierras en tu casa y te metes debajo de la manta intentando evitar el Día Malo, puede que rellenes mil folios escribiendo lo genial que sería pasar ese Día, y el blanco hueco subsiguiente, recibir de una vez la puta medalla y salir dando saltitos por el prado verde sembrado de flores primaverales cantando do dorado sale el sol re reluce de esplendor, pero te olvidas de las estaciones, de que después de la primavera viene el verano pero después llega el invierno (de nuevo), de que todo tiene un precio, y de que a veces los intereses son más altos de lo que pensabas.
Así que después de aquello guardé la medalla sin saber que el precio que tenía que pagar por mi independencia fueron las hostias que vinieron después. A punto estuve de correr a encerrarme de nuevo en casa y meterme bajo la manta (teniendo en cuenta además que esta manta era más cómoda para mí y más calentita).
Pero el banco me sigue pidiendo intereses. O los pago o me encierro de nuevo. Al banco no le importa que yo sea una Heroína de Guerra.
Pero hay unas cuantas cosas que ahora sé y que hace dos años, cuando me creía la más lista y que lo sabía ya todo, no sabía:
- Que no lo sé todo.
- Que quedan muchos Días Malos (y que aunque de momento ninguno ha sido como Aquél, no hay que descartar que alguno lo sea).
- Que las medallas o se llevan puestas o no valen, no se pueden guardar en cajones.
- Que sí, que soy más valiente y que el precio que cuesta eso lo pagaré encantada.
- Que nada se ha acabado, que todo está por empezar.
- Que ni siquiera todavía soy capaz de escribir qué pasó ese día, pero que antes ni hubiera podido escribir acerca siquiera de que ese día existió, así que posiblemente, tal vez en otros tres años, lo pueda contar.
- Que yo tenía algo de razón: cuando se ha vivido (y superado) un día como Ése, todos los demás se pueden ir poniendo a la fila, a que les vaya repartiendo...
Con las armas de guerra y la medalla en la pechera, eso sí.
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