miércoles, 11 de febrero de 2015

Ellos

Les observo desde lejos, como un doctor a punto de establecer un diagnóstico para su mal.
Lo conozco.
Son jóvenes (aún). Guapos. Los chavales, para los que casi todo se mide con la vara del aspecto físico, ya les han colocado hace tiempo en los primeros puestos de sus particulares listas.
Son inteligentes. Comparten algunos intereses culturales. No todos. Una no fue nunca buena con las fechas, y el otro puede que no esté tan interesado en la literatura posmoderna.
Pero, qué gratas las conversaciones sobre libros, películas, música...
Sin embargo, en realidad, a estas alturas esas cosas no son importantes para ellos. Para lo que les está pasando. En este punto, todo está bien, y están dispuestos a darle una vuelta de nuevo a la liga, a ese violinista tan famoso, a esa película que se habían perdido, o a Vonnegut si hace falta. No mucho. Sus vidas, las reales, las que les esperan al salir por la puerta, están demasiado llenas de compromisos, de familia, de excursiones, de visitas a casas de amigos, de escapadas para hacer algo de deporte más que para correrse una juerga...
Sé cosas. Las sé, porque ella me las cuenta. Porque si no me lo cuenta revienta. Pero aunque no me lo contara algo sabría. Porque he estado allí. Sé cómo se siente. Ya he visitado esas tierras.
Intuitivamente, ella, a la que conozco poco, me lo ha contado. Sabiendo de algún modo en su fuero interno que yo lo entendería. Y acertó.

Y le digo lo que siempre me decía otra vieja amiga en aquellos años convulsos: que eso es lo normal. Que lo raro es que estas dos personas, aún jóvenes, guapas, cultas, inteligentes, que se han visto en la tesitura de tener que pasar tiempo juntos por circunstancias, no sintieran nada, siquiera un calentón mañanero y masturbatorio, o incluso un poco más que eso, unas ganas de buscarse, de hablar, de escribirse correos aparentemente inocentes, o incluso algo más que eso, unas ganas de rozarse las manos cuando intercambian papeles, de mirarse a los ojos y a la boca cuando se hablan, de hacer desaparecer al resto de la gente cuando se encuentran por el pasillo...

Y le digo que no le puedo dar consejos, porque en aquellos años convulsos nadie me supo dar un consejo que me sirviera, y todo lo hice a hostias contra mi vida y mi integridad moral, mental y en ocasiones física, así que no soy la más indicada para opinar. Que no puedo aconsejarle absolutamente nada, ni en un sentido ni en otro. Que en este momento, al final uno hace lo que puede nada más (Como siempre, en realidad, lo que pasa es que otros actos van acompañados de una apariencia mayor de control)
Y que yo sé exactamente cómo se siente. El vértigo. El miedo. El vencer al miedo. Las mariposas. Esa capacidad que tiene el detalle más tonto de alegrarte el día... Las dudas. La Culpa.

Que me da un poquito de envidia. Que en el fondo es maravilloso. Que me hizo sentirme viva como a ella le pasa ahora y que aún lo recuerdo con gratitud.
A pesar del tsunami que vino después.

Este momento.
Luego, todo se desvanece o se precipita pero... este

este preciso momento.


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