Los Baobabs son peligrosos porque cuando empiezan a crecer pueden acabar ocupando toda la superficie disponible del asteroide. Se han dado casos en los que algún baobab ha crecido tanto que ha partido en dos algún pequeñísimo planeta.
El viejo que repartía droga en la puerta de los colegios, las jeringuillas ocultas en el césped de los parques, las cajas de cartón a las que no había que dar patadas porque contenían bombas, el hombre que raptaba mujeres en los probadores de las tiendas de ropa en Marruecos, los aviones que se estrellaban, las faldas que facilitaban el acceso de un violador, los accidentes en la carretera, los raptores, pedófilos, asesinos, las cornisas que caían con el viento y te abrían la cabeza...
Los apegos, los extraños, los viajes, las huídas.
No.
Nunca.
Para qué.
Con lo bien que se está en casa. Con lo bella que es mi rosa.
Yo te voy a recoger. Tú no conduzcas. No te preocupes. Vete mejor en metro. En autobús. Ten cuidado al lado de con quien te sientas. Mejor no te sientes.
Tú no me quieres. Tú no eres normal. La gente normal no hace esas cosas.
Hay que pagar la hipoteca. Si no, vendrá una semilla de baobab, sin darse uno cuenta, crecerá, y un día, reventará los cimientos en mil pedazos
Ten un hijo. Cásate. ¿Para cuándo? Se te pasa el arroz. Se te pasa la vida.
La crisis. La hipoteca. La Therapy pillow. El sujetador Confortisse bra, anunciado en TV. Aumentan las ventas de chopped y de pintalabios.
Los adolescentes son todos unos descastados, violentos, egoístas y tontos. Ellas son peores que ellos. Se pasan el día pintándose. En la planta donde está tercero de la ESO quitaron los espejos del baño de las chicas.
¡Quitaron los espejos del baño de las chicas!
Debo 170000 euros a un banco
a mi padre le debo unos 20000 euros
Mi deuda con el banco la pagaré a lo largo de toda mi vida, si no decido bajarme del burro antes.
La deuda con mi padre ya está pagada. Porque somos dos espíritus que se miran a los ojos y se reconocen, y saben que están hablando con alguien de su especia. La especie humana. A mi padre verdaderamente le debo algo, y no es dinero, a pesar de todo, de todo, de la lucha, de las advertencias por su parte, sí, también por la suya, de las semillas de baobab, de la droga en la puerta del colegio, de las jeringuillas en los paRques... a él si, a él le perdono, porque es humano.
A los otros no. A ellos nunca. Ni son de mi especie ni pueden pretender serlo nunca. No es culpa suya, pero mía, mía sí que no es la culpa.
Mi padre nunca me ha pedido perdón. No ha hecho falta.
Los otros me lo han pedido tantas veces que he perdido la cuenta. Es curioso.
Puedo identificar el momento exacto en el que mi padre me reconoció como una persona adulta. Como alguien de su especie. La especie humana.
Ninguno de los demás que me alertaban de las semillas de baobabs (especialmente a mediados de marzo que es cuando se da la floración) lo han hecho. Nunca. Es curioso.
Y ahora, a una semana de que acabe por demostrar si puedo o no seguir siendo quien esta persona adulta ha decidido ser o no, por uno de los caminos que había elegido tomar, aquel que me permite el equilibrio aristotélico exacto entre contentar a la única persona a la que debo algo y a quien tampoco le importa demasiado si lo consigo o no, sino que cree que es necesario porque cree que eso me haría feliz... resulta que ya no importa.
Que puedo suspender ese puto examen, que por otra parte es juzgado en su mayor parte por entes pertenecientes a la especie que quita espejos en los baños de las chicas, que puedo suspender, digo, como aquella vez y que si eso pasa puedo dejar que la semilla del baobab crezca. Y lo haré. Incluso, prepararé el terreno como una jardinera loca, sacrificaré vampiros y lobos que se comen a niñas con caperuzas rojas, a viejos con caramelos de droga en los bolsillos y a toda la puta Teletienda para que le sirva de abono, crezca cuanto antes y sus raíces estallen los cimientos de este asteroide que quieren hacerme creer que es el único que existe.
Pero no es el único. En absoluto.
Resulta que para cuando llegué a aquel desierto con mis globos descubrí que allí la extensión es tan grande que los baobabs son árboles bien conocidos y crecen sin problemas. Hay espacio para todos. Para ellos, para las diferentes especies, para la lucha, para andar con falda, para crecer y ser adulta sin esperar la mordedura de una serpiente, para dejar que el baobab crezca, y también las rosas con espinas.
Y esa Tierra pretendo explorarla, aunque apruebe. Aunque apruebe y pueda por fin explicar de qué lado estoy cuando vote sí a que se pongan espejos en el baño de las chicas, ahora que puedo reconocer a los de mi especie con sólo mirarles y que puedo contar con ellos como ellos pueden contar conmigo.
Allí, aquí, en Grecia, en Cambridge, en Tokyo, en Costa Rica.
Apéndice: Escribo este post súper terapeútico bajo los efectos de una gripe probablemente fiebrosa y muy absurda en mitad de este verano calurosísimo que acaba de empezar y cuya congestión sólo consigo paliar con lavados de nariz con agua y sal que si lo utilizaran como instrumento de tortura juraría por mis muertos que dos y dos son fucking cinco. Tampoco sé si lo escribo para alguien, porque creo que ya no me lee nadie. Hubo un tiempo en el que eso me importaba. Ya no, pero por si acaso, quiero pedir perdón por tanta locura.
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5 comentarios:
Pues yo te acabo de leer...
anda!
Y yo... Besos, guapa!
En mi vida yo también sembré semillas de Baobab, y asumo mi culpa por ello. Si he de decir algo en favor de los sembradores de semillas, mis motivos fueron el amor y el miedo a perder, no la manipulación, ni el deseo de control, ni intentar cortar las alas a nadie. A lo mejor tus sembradores sentían lo mismo. Te leo de vez en cuando.
lo mejor de la fiebre en verano es que pasa desapercibido entre la muchedumbre. si baja comprar empañada en sudor pues la gente no la mira mal tal que un zombie en descomposición.
hay muy poca compresión. Aunque eso de la semillita, el examen, sus deudas con su padre y bancos y todo ello junto y revuelto me da que igual la temperatura corporal le está subiendo un poquillo. pero nada por lo que asustarse...
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